En 1968, en la Bienal de Venecia,
en pleno desorden contestatario, la poesía recuperó
todos sus derechos por unas horas: con un líquido biológicamente
inofensivo y usado por todas las marinas del mundo para identificar
embarcaciones en el agua, Uriburu había coloreado con un
verde eléctrico y fluorescente las aguas del Canal Grande.
La corriente de la metamorfosis verde había disipado por
unos instantes los espesos miasmas demagógicos de la jungla
de los Giardini. Uriburu había logrado un golpe maestro,
una espléndida demostración de higiene moral del arte.
La demostración veneciana debía ser el punto de partida
de una campaña internacional de coloración: el verde
Uriburu estará presente en los cuatro puntos cardinales del
universo, en dos continentes, coloreará las aguas más
célebres.
Ya sean cercanos a la estética tradicional, al body art,
al land art o al arte sociológico, no hay jerarquía
de valores en las tres series de medios que utiliza Uriburu. Forman
parte de un sistema lingüístico unitario y, en tal carácter,
son todas obras de arte de pleno derecho.
Hace treinta años que Nicolas García Uriburu canta
un himno ininterrumpido en honor a la naturaleza, la naturaleza
integral, la natura naturans y la natura naturata, la naturaleza
de los hombres y la naturaleza de las cosas.
Pierre Restany |
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Coloración del Gran Canal, Venecia, 1970 |